Abran paso a la muerte.
Y qué misteriosa era, y cuantísimo la amé. Era tan dulce, exótica, frágil, tan semejante a una flor. Sí. Una flor. Una flor seca, que no era regada por nadie, pero tampoco quería que la regasen. Su mirada era tan fría, tan cautivadora. A penas recuerdo sus rasgos; porque ella era más que eso. Ella era la muerte.