En la quietud de una ciudad nueva, donde las calles no saben de promesas, tus ojos me encontraron, y el eco de tu voz se coló en mis pensamientos. Aún no sé si es el miedo o el deseo lo que me frena a acercarme, pero en cada café, en cada palabra mi corazón late más fuerte, como un susurro que no sabe callarse. Tú, envuelto en estrellas que no buscas, yo, perdida en un mar de dudas, caminamos a un paso tímido, sin saber si es amistad o algo más. A veces me pierdo en tus silencios, en tus gestos que parecen decir tanto sin decir nada, y yo, atrapada en mis inseguridades, sobrepienso, me escondo, me alejo. Pero aún en el abismo de nuestras confusiones, algo más crece entre nosotros, un lazo tan fuerte como invisible, que ni el tiempo ni el miedo podrán deshacer. Y tal vez, solo tal vez, en un paso, en una mirada, nos demos cuenta de que lo que buscamos no estaba en las respuestas, sino en los susurros que el corazón, por fin, se atreve a gritar.
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