La luna había muerto. Y todo fue culpa de la ciudad en la que vivía Mercury. De repente, aparecieron chicos veinteañeros hermosos, de acentos sureños, usando góticas camisetas caras, con encimeras de jade que ni una vida entera de cuatro personas juntas podía comprar. Un día cualquiera se expandió el gusto por Artic Monkeys, The Neighbourhood, y otras canciones sobre historias de psicópatas, alrededor de atracciones sospechosas que trajeron los mismos chicos del Sur. Cuando los incendios esporádicos se convirtieron en el tercer factor, los chismes ya no paraban con eso de «La nieve se derrite. Los demonios están sueltos en nuestra ciudad y quieren convertirla en su parque de verano eterno». ¿Y sabes qué es lo peor? Que Mercury estaba metida en medio de todo aquello, hasta el fondo, con ellos, los chicos, ¿los demonios del verano?
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