En el tablero donde se decide la vida y la muerte, nadie juega limpio.
Las coronas pesan, los reyes caen, y las reinas aprenden que para sobrevivir hay que mancharse las manos.
Katerina fue movida como un peón en la guerra de otros.
Huérfana, criada bajo la mirada de un hombre que no conocía la piedad, aprendió que su apellido -Volkovich- era tanto una herencia como una cadena.
Su destino no se escribió con tinta, sino con sangre.
Dante, en cambio, nació sabiendo que el trono no se hereda: se defiende.
Forjado por la ley de los Corvani, se convirtió en un jugador implacable.
Frío. Preciso. Letal.
Pero incluso los reyes tienen sus grietas.
El matrimonio fue la jugada perfecta.
Un pacto entre familias.
Un jaque disfrazado de alianza.
Ella, la reina que debía obedecer.
Él, el rey que no debía sentir.
Y sin embargo, entre las sombras y el fuego, algo se movió fuera del tablero.
Porque en el juego del poder, el amor no redime.
Solo cambia las reglas.
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