Al principio solo es una suave presión en el pecho, alguna que otra respiración más dificultosa, pero nada de lo que preocuparse. Después de todo, aún conserva la esperanza de que todo vuelva a ser como antes bullendo en su inocencia aún enamorada.
Sin embargo, el vómito de pétalos no cesa, la sensación de asfixia lo altera y la opresión en el pecho es mayor que nunca, y nada se detiene por mucho que Lucerys lo intente. Pero el inocente Lucerys de corazón enamorado, de raíces en los pulmones, de pétalos de dalias negras se niega a decir quién lo causa.
Al final, sonríe por darse cuenta que de una u otra forma, Aemond estaba destinado a acabar con su vida, y Lucerys cree que está bien. La deuda ha sido pagada, con su vida y su corazón.
Aemma supo, en el instante en que Lucerys alzó la daga contra Aemond, que su vida nunca volvería a ser segura. Y si algo la aterrorizaba por completo, era la idea de perder a su familia. Muy joven comprendió que ser solo una princesa no bastaba para proteger a sus hermanos ni para asegurar su derecho; después de todo, su apellido no los había salvado de ser llamados bastardos. Necesitaba poder.
Siete años después, la calculadora, ambiciosa y en absoluto frágil princesa regresa a las puertas de la Fortaleza Roja, dispuesta a sumergirse en las intrigas de la corte.
Lo que no anticipó fue la guerra que librarían sus propios sentimientos por los príncipes Aegon y Aemond, ni cómo estas emociones podrían alterar el rumbo de sus planes... y su camino hacia el poder.