El dulce sueño tenebroso

El dulce sueño tenebroso

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WpMetadataNoticePublikasi terakhir Sel, Mei 23, 2023
Era una noche oscura y tormentosa, y María estaba teniendo un sueño extraño y tenebroso. En su sueño, se encontraba en un bosque oscuro y siniestro, rodeada de árboles retorcidos y sin hojas. No había ningún sonido, excepto el crujido de las ramas secas bajo sus pies. De repente, un aroma dulce y embriagador la envolvió y empezó a seguirlo. Siguió el olor, hasta que llegó a un claro en el bosque. Allí, se encontró con una mesa llena de dulces y pasteles, todos de diferentes colores y formas. María tenía hambre y sin pensarlo dos veces comenzó a comer. Sin embargo, cada vez que tomaba un bocado, se daba cuenta de que se sentía más y más somnolienta. Intentó alejarse de la mesa, pero sus piernas no le respondían, se sentía atrapada en el bosque. De repente, un hombre extraño apareció ante ella. Era alto y delgado, con una sonrisa siniestra en su rostro. "Te dije que no debías comer nada de mi mesa", dijo el hombre. "Ahora te quedarás aquí para siempre, disfrutando de tu dulce sueño tenebroso". María intentó luchar, pero sus fuerzas se desvanecían. Cerró los ojos y se rindió al sueño. Cuando despertó, estaba en su propia cama, sudando y temblando. Se dio cuenta de que había sido solo un sueño, pero la imagen del hombre siniestro y su mesa de dulces seguía atormentándola. Desde aquella noche, María decidió no comer dulces antes de dormir y se aseguró de que su habitación estuviera bien iluminada. Aprendió que a veces, lo dulce puede ser peligroso y que los sueños pueden ser tenebrosos.
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La oscuridad tenía su propio idioma. Una entidad viva que respiraba entre las sombras. Sebastián Hidalgo había pasado años esquivándola, negándose a aceptarla, aunque su vida entera había estado marcada por su presencia. Todo comenzó con la desaparición de su hermana Ana. Él tenía dieciséis años cuando ella se esfumó sin dejar rastro. La casa que una vez fue cálida se convirtió en un mausoleo de recuerdos. La risa de Ana dejó de llenar los pasillos. Su madre se hundió en la desesperación, su padre se aferró a la religión. Pero Sebastián buscó respuestas en otro lugar: lo oculto. A lo largo de los años, estudió textos prohibidos, viajó a lugares olvidados y se sumergió en las sombras que su familia evitaba. Encontró testimonios de desapariciones similares, relatos de aquellos que aseguraban haber oído voces en la noche. Todo lo condujo hasta aquí: una iglesia en ruinas, un altar profanado y un grimorio con páginas que latían como si tuvieran vida propia. El aire estaba pesado, cargado de un silencio antinatural. Sobre el altar, Sebastián dispuso los elementos del ritual: cuatro velas negras, una copa de ron, cenizas de sacrificios pasados. Su mano temblorosa pasó cada página del libro hasta encontrar la frase que sellaría su destino: "Aquellos que descienden al abismo no regresan intactos. Pero tú, mortal, ¿qué elegirías? ¿La paz de lo conocido o el eco siniestro de lo que perdura?" Encendió las velas y sintió un escalofrío recorrer su espalda. Luego, con el cuchillo ceremonial, hizo un corte en su palma y dejó que su sangre cayera en la copa. Sus labios pronunciaron las palabras prohibidas. El aire vibró. Al principio, fue un murmullo lejano, un eco de voces que no pertenecían a este mundo. Luego, la oscuridad pareció palpitar, como si algo antiguo despertara en su interior. Las llamas de las velas parpadearon y se extinguieron de golpe. Un frío antinatural lo envolvió. Y entonces, la escuchó. -Sebastián.

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