Amaia siempre ha sentido que el mundo le queda demasiado grande, un lugar del que prefiere mantenerse a salvo. Pero todo cambia una tarde de junio, tumbada en el césped de un jardín, cuando aparece él. Aleix es lo que ella jamás se permitiría ser: un viajero, alguien que no entiende de miedos ni de límites. No buscaban cambiar nada, pero cuando dos mundos tan opuestos colisionan, el resultado es inevitable. Él es quien le enseña a mirar al horizonte sin vértigo. Ella la única capaz de hacerle querer echar raíces. ¿Quién diría que un alma viajera elegiría quedarse a cuidar de alguien que tiene miedo a descubrir el mundo?
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