Nunca pensé que una noche cualquiera, de esas en las que el bondi tarda y el frío se mete hasta los huesos, me iba a cambiar la vida. Porque posta, ¿quién se espera cruzarse con él? Con Guido Armido, el mismísimo. El flaco que escuchaba desde que era piba, el que me hacía cantar a los gritos en la ducha y llorar con esas letras que parecen escritas con el alma rota. Lo vi ahí, parado en la esquina de Corrientes y Callao, como si fuera un tipo más. Sin luces, sin cámaras, sin escenario. Sólo él, con una capucha medio caída y esa mirada que no necesita hablar para decirlo todo. No me vas a creer, pero esa noche no pedí una selfie. No le grité que lo amaba ni me puse a temblar como una fan sacada. Lo miré... y él me miró. Como si en ese segundo, entre el quilombo de la ciudad y el ruido de los taxis, algo se hubiese detenido. Y ahí empezó todo. Lo que jamás me imaginé vivir. Lo que nadie creería si lo cuento. Pero esta es mi historia. Y la de él, también. La historia de cómo un pibe de barrio y una mina común se cruzaron en el momento justo. O en el más jodido, quién sabe....
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