Desde que tengo memoria, he soñado con él. Un chico coreano llamado Daniel, con una sonrisa que ilumina incluso los rincones más oscuros de mi mente. Cada noche, nos encontramos en un mundo mágico, un lugar donde las reglas de la realidad no aplican. Volamos sobre mares de estrellas, caminamos entre árboles que susurran secretos antiguos y exploramos castillos que flotan en el cielo. Es un universo surrealista, lleno de posibilidades infinitas, y él siempre está allí, a mi lado.
Durante años, creí que Daniel era solo una creación de mi imaginación, un personaje que mi mente había inventado para acompañarme en mis sueños. Nunca me atreví a cuestionarlo, porque, ¿cómo podría ser real alguien que solo existía cuando cerraba los ojos? Pero con el tiempo, los sueños se volvieron más vívidos, más intensos. Nuestras conversaciones se hicieron más profundas, y comenzamos a compartir nuestras esperanzas, miedos y deseos más íntimos. Él era mi confidente, mi refugio en un mundo que a veces sentía demasiado frío y solitario.
Sin embargo, al despertar, la realidad siempre me golpeaba con fuerza. Daniel no estaba allí. Era solo un sueño, una ilusión que se desvanecía con la luz del día. Y así, seguí con mi vida, convencida de que él no era real.
Hasta que un día, todo cambió.
Años después, como adultos, nos cruzamos en un concurrido café en Seúl. Al principio, no podía creer lo que veía. Allí estaba él, con esa misma sonrisa que había iluminado mis sueños durante tantos años. Nuestras miradas se encontraron, y en ese instante, supe que no estaba imaginando cosas. Él era real, tan real como el aire que respiraba.
-¿Aria? -preguntó, su voz temblando ligeramente.
-Daniel -respondí, sintiendo cómo el mundo a mi alrededor parecía detenerse.
En ese momento, todo cobró sentido.
Tüm hakları saklıdır