Un pentagrama en blanco, tímido y silencioso, se adentra ahora, en el preludio de la Tierra. Una corchera rebelde e indominable, se abre paso entre la multitud. La lluvia toca sus notas sordas contra la hierba. Y ahora somos nosotros, quien damos la silueta a esta obra, que suena sin cesar. Vuelta al frío vacío, escondemos cuidadosamente nuestro recuerdo para poderlo expirar, en un suspiro, un escalofrío, una gota que resabala huidiza, de la pasión de dos amantes, cuyas miradas se cruzan por la mañana sin saber que decir. Y es justo después de este gélido preludio, cuando la calidez de la obra entera lo abraza y arropa, y el Sol, antes expectante y ahora imparable, cubre al suelo mojado, que yace deslumbrado por los primeros rayos dorados del amanecer.
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