Martina González tenía 16 años y cursaba segundo medio. Dulce, amable y disciplinada, pasaba sus días entre la escuela, el gimnasio y sus clases de karate. Con su cinta verde bien ajustada y los audífonos puestos, se perdía en la música mientras entrenaba, sin imaginar que su rutina estaba a punto de cambiar.
Nicolás, o Nico, tenía 15 años también y cursaba primero medio. Era serio, buen estudiante y un apasionado jugador de voleibol, aunque su hermano mayor, Benja, le enseñaba que la vida era mucho más que reglas y estudios. Nico y Martina se conocían por el club de voleibol del colegio, aunque sus encuentros habían sido superficiales... hasta ahora.
Entre entrenamientos, partidos y risas compartidas por sus amigos, algo comenzó a surgir. Martina empezó a sentir un cariño que crecía con cada mirada, mientras Nico luchaba por ocultar sus propios sentimientos, a veces con celos intensos y otras con bromas que no lograban disimular su fascinación por ella.
Pero no todo era fácil: sus amigos, los compañeros de ambos y los pequeños malentendidos del día a día los empujaban hacia situaciones que despertaban emociones desconocidas. Mientras el vínculo entre ellos se fortalecía, las miradas de celos, las risas compartidas y los momentos robados marcaron un camino de descubrimiento, tensión y romance adolescente.
Entre risas, miradas y chistes Martina y Nico aprenderían que el amor puede aparecer donde menos lo esperas... y que, a veces, las emociones más intensas nacen de los pequeños celos y gestos protectores que no pueden ocultarse.
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