3 parts Ongoing MatureEl poder es una bestia insaciable. Se alimenta del miedo, de la lealtad forzada, de las palabras susurradas en pasillos oscuros donde el eco de una traición puede valer tanto como una promesa de redención. Y, sin embargo, la historia nos enseña que aquellos que lo buscan con más desesperación suelen ser los primeros en consumirse en su fuego.
Los antiguos griegos lo llamaban hybris: el orgullo desmesurado que ciega a los poderosos y los lleva a desafiar no solo a los hombres, sino también a los dioses. No era solo soberbia, sino una arrogancia tan grande que convertía la ambición en un acto de desafío, un insulto a las fuerzas invisibles que equilibran el mundo. El hybris nunca queda impune. Siempre hay una caída.
En los círculos de poder, la lección se olvida con facilidad. Políticos, figuras militares, empresarios, líderes... Todos creen que la historia les pertenece, que su voluntad es suficiente para torcer los hilos de lo inevitable. No importa cuántos ejemplos existan de aquellos que desafiaron los límites solo para ser devorados por ellos. La advertencia no es suficiente, porque el poder, cuando se sostiene con las manos desnudas, quema, pero también embriaga. Y en esa embriaguez, en ese vértigo de sentirse invulnerables, cometen errores. Errores que comienzan como rumores y terminan como grietas en la estructura de lo inamovible.
Pero hay algo que siempre regresa, como un eco distante, como una sombra que nunca desaparece del todo. Hay cosas que no se entierran, no realmente. Hay preguntas que nadie se atreve a formular, historias que nadie quiere contar. Porque en el fondo, todos saben que, en el instante en que la verdad asoma su rostro, las consecuencias se vuelven inevitables. Y entonces ya no hay poder que sirva. Solo queda el peso de las decisiones tomadas en la oscuridad y el precio que, tarde o temprano, alguien tendrá que pagar.