La ley de Murphy dice que, si algo puede salir mal, saldrá mal. Owen lo confirmó de una horrible manera: se confesó a su mejor amigo y lo rechazó. ¿Lo peor? Estaba completamente seguro de que Adam sentía lo mismo; los mensajes a media noche, los obsequios desinteresados, los planes a futuro, la atención a los detalles más mínimos, esa necesidad de buscarlo en cada lugar al que iba, y aquella noche en la fiesta de Astrid... Pensaba que eran señales demasiado obvias y decidió arriesgarse sin imaginar que, en el proceso, terminaría perdiendo a su mejor amigo. Adam, completamente seguro de que no siente lo mismo y que todo es un malentendido, decide tomar la que cree que es la mejor decisión: alejarse. El problema es que últimamente... No deja de pensar en Owen.
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