Cuando todo se desmorona en Buenos Aires, Renata se escapa al único lugar donde puede encontrar espacio para respirar y donde nadie la va a juzgar por sus sentimientos: Ushuaia, el fin del mundo. Ahí la espera Mario, su padre. Frío como el aire. Distante. Un hombre que ama en silencio y con mates amargos pero calientes. Entre el puerto y días grises, aparece el Küyen. Un buque costero con una tripulación tan rota como el mar que navega y que, de alguna manera, busca colarse en su vida y la atrae como un imán. Y, entre esos hombres grandes y toscos, aparece él: Elías. Un hombre blindado, cubierto de cicatrices que lo protegen como una armadura y que aprendió a sobrevivir sin sentir. Renata no está en condiciones de salvar a nadie. No llego para eso. Renata llegó para perderse. Para trabajar. Para olvidarse de todo y de ella misma por un rato. Pero en ese viaje, entre mareas bravas, tormentas, silencios y verdades que duelen, algo empieza a sanar. Porque a veces la felicidad no es perfecta. No huele a flores. No sabe dulce. A veces la felicidad es encontrarse con gente tan rota como uno y, entre todos, de a poco, ir sanando. Despacio. Sin prisa. En silencio. Porque la paz no siempre llega cuando todo encaja como queremos, sino cuando todo deja de doler.
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