Elena siempre había tenido una relación especial con la danza. Desde niña, sus pies parecían moverse al compás de una música interna, y el mundo se desvanecía cuando bailaba. Pero un accidente traumático a los 20 años la dejó con cicatrices emocionales profundas. No podía hablar de ello sin sentir un nudo en la garganta y, lo que era más doloroso, había dejado de bailar. La música, una vez fuente de alegría, ahora era un recordatorio punzante de lo que había perdido.All Rights Reserved