"La deseo extinguir", murmuré con suavidad, las palabras apenas más que un susurro en el aire, como si temiera que pronunciarlas las hiciera más reales.
"No puedes..." una risa, tintada de desacuerdo, se derramó en el espacio entre nosotros. Incliné la cabeza para observarlas con más atención, y en ese gesto, mi corona titubeó ligeramente, desplazándose de su posición adecuada.
"Es tan sencillo, un leve movimiento de mi mano y yacería en el suelo, retorciéndose en la agonía". Saboreé mis labios escarlata, excitada por la imagen de ese escenario. Sin embargo, en el momento en que intenté hacerlo, una fuerza desconocida se apoderó de mis huesos, congelándolos.
Intenté nuevamente, pero era inútil. La presión ejercida sobre mí era tan intensa que mis rodillas casi cedieron, y me vi obligada a detener cualquier intento.
Bajé lentamente mi dedo, riendo secamente, sorprendiendo a las dos mujeres a mis espaldas, quienes también observaban la escena con lástima. "¡Ja! ¿Tan virtuosa te consideras?" avancé hacia el palacio de cristal, encontrando la escena frente a mí aburrida.
"No necesitas preocuparte por ella; saldrá de nuestro camino muy pronto". Las voces en mi cabeza nunca me abandonaban, especialmente esa, la que selló mi destino, para bien o para mal.
Curiosa, pregunté: "¿Evitaste que la matara hoy para que muera mañana, querido?"
"No, ella está condenada a morir; su destino está escrito, así como el nuestro".
"¿Es así...? Entonces tendré el placer de verla descender al infierno, por perra..."
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