Siempre existe una sola persona en la vida que logra sacar lo peor de ti, alguien que despierta tus lados más oscuros, tus enojos, tus miedos y hasta tu fragilidad. Esa persona no se cruza todos los días, ni siquiera dos veces: la vida te la pone en el camino una sola vez, como si fuera una prueba o un destino inevitable. En mi caso, esa persona tiene nombre y apellido: Matheo Reyes.
Él fue mi perdición durante estos últimos años, el huracán que arrasó con mi calma, la espina que no me dejaba sanar. Su presencia me desarmaba, me confundía y, al mismo tiempo, me mantenía atada a un caos del que no sabía cómo salir.
Pero este año algo cambió. No sé si fue el tiempo, el desgaste o la vida misma poniéndome frente a un espejo distinto. Lo cierto es que la forma en la que lo veía, la manera en que me afectaba y hasta el poder que tenía sobre mí empezaron a transformarse. Y aunque todavía me cuesta aceptarlo, hoy entiendo que a veces esas personas que parecen venir a destruirnos, en realidad llegan para enseñarnos hasta dónde somos capaces de resistir y cómo podemos renacer después de la tormenta.
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