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Eunyoo y Gwinam no eran extraños.
Antes del brote, compartían más que pasillos: compartían historia. Ella, una ex bully que se apartó del grupo cuando la violencia dejó de parecerle divertida. Él, un matón que nunca se detuvo. No se odiaban. No se gustaban. Pero hablaban. A veces con palabras. A veces con miradas. A veces con el silencio incómodo de quienes saben demasiado el uno del otro.
Cuando todo se vino abajo, Eunyoo pensó que no volvería a verlo. Pero Gwinam no muere. No como los demás. Y cuando la encuentra, no la ataca. Solo la observa. Como si siguiera esperando algo de ella.
Ahora están atrapados en la misma ruina. Él, con la sangre seca en la ropa y los nudillos rotos. Ella, con los recuerdos clavados en la garganta. No hay confianza entre ellos, pero tampoco hay distancia. No pueden evitar buscarse. No pueden evitar quedarse.
Gwinam no ha cambiado. Solo se ha desbordado. Y Eunyoo, que alguna vez fue cruel por miedo a ser invisible, se pregunta si eso que siente es culpa... o algo más.
No hay redención en esta historia. Solo dos personas que se reconocen en lo peor del otro. Que se aferran a lo que queda, aunque lo que quede no sea limpio. Aunque duela. Aunque no tenga nombre.
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