Miguel Rivera llegó a San Fransokyo con las reglas claras: estudiar, tocar y no distraerse. No buscaba amigos y, mucho menos, alguien que pusiera su mundo de cabeza. Pero la lógica de la ciudad tiene sus propios planes. Un joven genio de la robótica, cables de fibra óptica y una conexión que ninguna ecuación puede explicar. Miguel no quería a nadie en su partitura, pero Hiro Hamada llegó para cambiarle el ritmo a su vida.
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