Hannah nunca pudo recordar el sonido del vidrio al romperse. Con las semanas intentó reconstruir aquel instante una y otra vez, pero lo único que regresaba era la sensación. El agua suspendida en el aire. La luz azulada del acuario temblando sobre las paredes. Su mano extendiéndose por reflejo hacia alguien más. Chiharu. No hubo tiempo para pensar. Nunca lo había cuando se trataba de proteger a las personas que quería. Durante años su cuerpo había respondido antes que cualquier duda, igual que en la pista de la academia St. Alderwyn, donde correr era tan natural como respirar y cada paso parecía acercarla un poco más al futuro que había imaginado para sí misma. Pero aquella tarde todo cambió. Cuando volvió a abrir los ojos, el agua fría rodeaba sus piernas y pequeños fragmentos de cristal brillaban a su alrededor. Su tobillo había quedado atrapado entre los restos del acuario y una sensación extraña le recorría el cuerpo mientras las voces llegaban desde algún lugar distante. No era exactamente dolor. Era la inquietud silenciosa de algo que todavía no entendía, pero que ya empezaba a instalarse dentro de ella. Los días continuaron avanzando. Londres seguía siendo Londres. La academia seguía llena de estudiantes corriendo por los pasillos. Sus amigas seguían ocupando las mismas mesas y las mismas bancas de siempre. Sin embargo, algo se había desplazado apenas unos centímetros de su lugar, suficiente para que nada volviera a sentirse exactamente igual. Hannah aprendió a sonreír cuando hablaban de recuperación. A escuchar con paciencia cada nuevo diagnóstico y a asentir cuando alguien le decía que solo necesitaba tiempo. Poco a poco también empezó a probar cosas nuevas. Se apuntó al club de coro aunque cantaba bajito. Probó repostería, donde terminaba con harina en las mangas más veces de las que admitía. Pasó tardes enteras entre libros del club de literatura y otras mezclando colores en las clases de arte mientras i
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