I love to hate you

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La lluvia azotaba los ventanales del piso 47 de la Torre Lumière, como si el cielo quisiera borrar lo que estaba a punto de suceder en esa oficina de cristal y sombras. Jennie Kim permanecía inmóvil tras el escritorio de obsidiana, con la mirada fija en el contrato abierto. La cláusula de "Obligaciones conyugales aparentes" parecía grabada en el papel con intención de herir. Frente a ella, Lalisa Manoban estaba empapada. El cabello rubio platino pegado al rostro, la camisa blanca adherida a la piel, gotas cayendo al suelo de mármol. Su cuerpo tenso vibraba de furia contenida. Jennie deslizó el documento un centímetro hacia ella. El roce del papel contra la madera cortó el silencio más que el trueno exterior. Lisa apoyó las palmas en el escritorio, inclinándose apenas. El agua goteó sobre la primera página, emborronando la tinta. Segundos eternos. Un relámpago iluminó sus rostros: dos mujeres atrapadas en el mismo borde. Lisa tomó el bolígrafo. Lo sostuvo un instante, como si midiera su verdadero peso. Luego firmó con trazo lento y firme. Lalisa Manoban Empujó el contrato hacia Jennie con la palma abierta. Jennie lo revisó sin prisa, lo cerró y lo guardó. Seis meses de apariencias perfectas. Seis meses de mentiras ensayadas. Un divorcio limpio al final. Sin huellas. Sin recuerdos. La lluvia seguía golpeando el cristal. En el fondo de sus ojos, reflejadas las luces de Seúl, ambas sabían que habían firmado algo mucho más peligroso que un acuerdo de dinero. Algo que ya empezaba a filtrarse entre ellas, silencioso e inevitable, como esa tormenta que no cedía.

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