La primera vez que Kate vio a Sebastian, fue en una fiesta de Año Nuevo, bajo un cielo iluminado por fuegos artificiales y promesas que no sabía que rompería. Él era un rostro nuevo entre la multitud, un universitario de sonrisa despreocupada y mirada cautivadora que parecía no encajar del todo con el caos a su alrededor. Hablaron, rieron, se encontraron en rincones donde nadie más parecía mirar, y cuando la medianoche llegó, compartieron un beso que ardió como una chispa en el aire helado.
No hubo promesas ni despedidas, solo una certeza visceral de que esa noche los había cambiado para siempre. Pero cuando el sol se alzó sobre el nuevo año, Kate desapareció, llevándose consigo la posibilidad de algo más.
Kate intentó olvidarlo, relegarlo a un rincón de su memoria como un recuerdo hermoso y efímero. Hasta que, un año después, la vida se encargó de recordarle que los giros más crueles del destino son los más inesperados.
Sebastian estaba de vuelta. No como un desconocido, ni siquiera como un amigo, sino como el prometido de la hermana mayor de Annie, su mejor amiga.
Ahí estaba él, frente a ella, con su sonrisa intacta, su mirada aún capaz de hacerla tambalear y un anillo que sellaba un compromiso que no incluía a Kate.
Mientras las risas y los brindis llenaban la sala, ella supo que estaba a punto de cruzar una línea peligrosa, de esas que no tienen retorno. Porque lo prohibido nunca había sido tan irresistible, y algunas chispas no desaparecen; solo esperan el momento adecuado para volver a incendiarlo todo.
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