Es octubre de 1991. El aire de la ciudad tiene ese brillo dorado y artificial que solo existe en los alrededores de Santa Ynez, pero mi mente sigue anclada en el gris elegante de las calles de París.
Me llamo Sheila Fortensky. Tengo 24 años y me gano la vida desfilando por las pasarelas europeas, convencida de que el amor es una construcción publicitaria para vender perfumes caros. O al menos, eso creía hasta que aterricé en Los Ángeles.
Regresar después de cuatro años de distancia con mi padre, Larry, ya era un desafío emocional. Pero hacerlo para verlo caminar hacia el altar con la mismísima Elizabeth Taylor... eso rozaba lo surrealista. La invitación quemaba en mis manos; una entrada de primera fila al evento mediático del siglo.
El hombre que, sin saberlo, estaba a punto de enseñarme que el corazón no entiende de jerarquías ni de fama.
La boda de mi padre con Liz Taylor sería el evento del año, pero para mí, solo sería el escenario del momento en que mi vida cambió para siempre. Pero lo que no sabía , y y estaba a punto de vivir la canción más intensa de mi vida.....
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