- Aléjate de mí. - Su voz era firme, como si lo que acababa de pasar no
hubiera pasado. Como si él no me hubiese empujado en contra de los
casilleros exigiéndome respuestas de preguntas que no comprendía, y
como si después él no hubiera hecho ese lindo gesto de secar mis
lágrimas... Las lágrimas que él mismo había provocado.
- Esto es peligroso... - Su voz era un firme susurro que podía escuchar a pesar de
que estuviera a unos cuantos pasos de mí. Vi como su cabeza se volteaba
solo un poco para verme por encima de su hombro.
- Yo soy peligroso.
- Negué con mi cabeza tragando saliva mientras buscaba su mirada con
mis ojos. - No puedo... - Admití en un susurro, haciendo que su mirada volviera a
estar atenta en mí, aunque seguía dándome la espalda. - No quiero
hacerlo. - Mi voz volvía a ser firme y agradecí porque no haya salido
temblorosa. Su mirada volvió al frente y noté como sus puños se
cerraban a los lados de su cuerpo.
Todo lo que decía salía de mi boca sin que yo pudiera controlarlo, como
siempre sucedía cuando estaba nerviosa. Y esta no era la excepción, y lo
primero que había pensado había salido de mi boca sin filtro.
- No digas que no te lo advertí. - Su mirada se dirigió una vez más a mí,
mientras volteaba su cabeza sobre su hombro.
Lo único que recuerdo después son un par de manos en mi cuello y cómo
todo se volvía negro, pero no caía al suelo, porque un par de brazos me
sostenían fuertemente.
En un mundo donde la venganza y el rencor pueden consumirnos, hay historias que nos recuerdan que incluso en las circunstancias más oscuras, el amor puede florecer.