Tenía 15 años cuando todo empezó. Para ser más exactos el día previo a mi decimoquinto cumpleaños. Estaba en el patio de mi abuela, donde se realizaría la celebración en mi nombre, mi abuelo alegre y emocionado me mostraba como quedaron las luces que coloco en el patio. Yo asentía feliz, no tanto por la iluminación del jardín sino por la del rostro de mi abuelo al poder lucir sus habilidades en el campo de la electricidad.
El y mi madre platicaban sobre diferentes cosas de mi fiesta. Cuando acompañado de una brisa sentí una inocente presencia tras de un árbol. Me pareció extraño pero lo ignore sin restarle mayor atención.
Esa vez fue algo pequeño y sencillo. Algo que no atemorizaba en lo más mínimo. Como si el hada del invierno pasaba a despedirse flotando en las corrientes del viento y alejándose sin más. Pero luego volví a ver criaturas, no exactamente como estas. Pero ellas estaban ahí, presentes.