Fateful.

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WpMetadataNoticeLast published Tue, Mar 31, 2015
Siempre tuve una fascinación con el fuego; como se veían las brazas encendidas formando un curioso color llamativo, que te atraía, que te quemaba, que te consumía. A lo largo de los años intenté hacer una relación entre el fuego y el amor. El amor es parecido, quema pero no de la misma forma. Quema de adentro hacia afuera, pero es un calor que te hace sentir vivo. Atrae. Atrae exactamente de la misma manera, quieres acercarte y tocarlo pero le temes, le temes porque sabes que puedes salir herido… Y consume. El amor me quemó en distintas ocasiones, también me hizo sentir viva, comenzó a dejar de atraerme después de varias quemaduras que me dejaron severas cicatrices, pero entonces llegó una flama distinta, una más viva, una más llena de color, con más oxígeno y esa, esa me consumió. Tomó todo de mí. Comenzó con una chispa y me incendió, me hizo arder, me hizo sentir y luego él conmigo se consumió, cuando nos faltó el oxígeno nos consumimos juntos, yo fui cenizas, él no.
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Cautelosa, así es como solían describirme, una mujer recelosa pero decidida, con una visión clara de lo que quería. No desperdiciaba mi tiempo en cosas inciertas; la mujer que nunca se dejaba llevar por impulsos, la que sabía cuándo hablar y cuándo dejar que el silencio gobernara. Estas fueron las frases con las que a menudo me elogiaban, asegurando que eran cualidades excelentes, pero yo lo llamaba de otra manera. Cobarde, sí, esa definitivamente era una palabra perfecta para describirme. Tenía un pacto no escrito con la rutina, y la monotonía era mi fiel compañera. Porque la emoción, señores, no es una chispa inofensiva; es un sendero de gasolina esperando la llama que lo encienda todo. Y el fuego... lo odio. Lo temo. Porque ya lo sentí en la piel. Ya bailé al compás de sus lenguas abrasadoras, y cuando terminó, me dejó hecha cenizas. Y ¿saben qué? Fui una estúpida. Pensé que vivir en la seguridad de lo predecible me salvaría. Que si mantenía el ritmo lento y apagado, las llamas no volverían a alcanzarme. Qué ingenua. Lo que nadie te dice es que la rutina es un bosque seco, acumulando suspiros sin pasión, y el aburrimiento, un polvorín esperando una chispa minúscula para devorarlo todo. Y así fue. Evitando el fuego, caminé directo al infierno. Qué irónica es la vida; evitaba el fuego y terminé encontrándome cara a cara con el mismísimo infierno.

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