A veces, al caminar por los pasillos de Hogwarts, creo ver su sombra doblando una esquina, riendo con sus amigos en la Sala Común o bajando las escaleras encantadas con ese andar despreocupado que jamás imaginé verle. Mi padre. Pero no como lo conozco ahora, sino como fue entonces: un adolescente impulsivo, valiente y lleno de sueños, que no sabía que la chica que le robaba el aliento... era su propia hija, venida del futuro. No volví a usar el giratiempo. Lo dejé enterrado en lo más profundo del Bosque Prohibido, donde algunas historias deben quedarse, olvidadas por el tiempo, pero nunca por el corazón. Porque a veces, en el mundo mágico, el amor desafía las reglas, y el tiempo... simplemente observa, silencioso, mientras aprendemos lo que significa realmente pertenecer a alguien. Yo aprendí que el pasado no está hecho para cambiarlo, sino para comprender quiénes somos. Y que, incluso en Hogwarts, hay hechizos que no deben lanzarse dos veces.
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