Está creado para mostrar todo lo que nos causan los sentimientos, todo eso que pensamos, sentimos y hacemos. Incendios representa la revolución que llevamos dentro cuando nos confundimos, nos enamoramos, no sabemos qué hacer o estamos en un ir y venir entre lo que deseamos, queremos y debemos.
Incendios es eso que con palabras, frases y versos decimos, aún con la sensación de que no expresamos todo por completo. Hay cosas que las palabras no pueden expresar porque el incendio quema el papel y el lápiz sólo para que, con las expresiones y el cuerpo, podamos decir el resto.
Incendios vino a decirnos que: "eso que quema" cuando se trata de amor, puede doler, doler tanto como puede dar placer. Es eso que nos muestra lo rico que es el proceso de querer, aún cuando sabes que siempre puede salir de tus manos porque los momentos no están dados para concretar ese querer o, simplemente, porque ese era el tiempo adecuado para amar y no volver.
Incendios es eso que nos hará valorar cada palabra, cada gesto y cada momento como lo es, único e irrepetible. Es eso que nos invita a vivir un día a la vez porque el pasado ya no existe y el futuro puede no llegar nunca.
Vamos a quemarnos en el incendio que hay en nuestro ser, ahondamos en lo más profundo, buscando las cenizas y curar las heridas, con miedo o sin él, para vivir el incendio presente hay que saber lo que está en las cenizas de lo que ya fue.
Cautelosa, así es como solían describirme, una mujer recelosa pero decidida, con una visión clara de lo que quería. No desperdiciaba mi tiempo en cosas inciertas; la mujer que nunca se dejaba llevar por impulsos, la que sabía cuándo hablar y cuándo dejar que el silencio gobernara. Estas fueron las frases con las que a menudo me elogiaban, asegurando que eran cualidades excelentes, pero yo lo llamaba de otra manera.
Cobarde, sí, esa definitivamente era una palabra perfecta para describirme. Tenía un pacto no escrito con la rutina, y la monotonía era mi fiel compañera. Porque la emoción, señores, no es una chispa inofensiva; es un sendero de gasolina esperando la llama que lo encienda todo. Y el fuego... lo odio. Lo temo. Porque ya lo sentí en la piel. Ya bailé al compás de sus lenguas abrasadoras, y cuando terminó, me dejó hecha cenizas.
Y ¿saben qué? Fui una estúpida.
Pensé que vivir en la seguridad de lo predecible me salvaría. Que si mantenía el ritmo lento y apagado, las llamas no volverían a alcanzarme. Qué ingenua. Lo que nadie te dice es que la rutina es un bosque seco, acumulando suspiros sin pasión, y el aburrimiento, un polvorín esperando una chispa minúscula para devorarlo todo.
Y así fue. Evitando el fuego, caminé directo al infierno.
Qué irónica es la vida; evitaba el fuego y terminé encontrándome cara a cara con el mismísimo infierno.