Siempre mía

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Pobre Joseph. Nadie le advirtió que contratar a Lexy como su nueva secretaria sería el peor, o el mejor error de su vida. La muchacha, inexperta, pero irresistiblemente caótica, no solo trastorna su oficina con cada torpe movimiento, sino que, sin saberlo, somete a su jefe a una tortura deliciosa, un juego peligroso del que él no debería disfrutar. Lexy no entiende cómo puede desestabilizar a un hombre como él. Y Joseph tampoco quiere entenderlo. Solo sabe que cada una de sus incoherencias le obligan a escapar al baño, a recuperar el control que ella le arrebata con una facilidad insultante. El problema no es que Lexy haya sacudido su mundo. El problema es que él no quiere detenerla.
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