Rouss tiene diecisiete años y una infancia rota. Creció entre silencios incómodos, conflictos familiares y la ausencia de un padre que nunca volvió. Aprendió demasiado pronto a cargar con emociones que no le correspondían y a buscar afuera lo que nunca encontró en casa.
Cuando conoce a un hombre de veintinueve años, algo en ella despierta. Él le ofrece atención, comprensión y una forma distinta de mirar la vida. Rouss se aferra a él como a una salida, como a una promesa. Se vuelve su refugio, su deseo, su sostén emocional. Su primer hombre. Su primera dependencia.
La verdad llega tarde y duele más de lo esperado: él tiene una familia, una vida ya hecha. Aun así, Rouss no se va de inmediato. Acepta esconderse, aceptar migajas, verse a escondidas, traicionarse a sí misma con tal de no perderlo. Cruza límites que nunca pensó cruzar, convencida de que el amor también duele.
Cuando finalmente se aleja, el daño ya está hecho. El vacío se queda. Y Rouss empieza a buscar en otros hombres lo que ese primero le enseñó a sentir: validación, deseo, pertenencia. Se pierde en vínculos fugaces, intentando reconstruir algo que nunca fue sano, repitiendo patrones que la consumen.
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