Abrió la puerta del vestuario sin decir palabra. Yo entré. Apenas la cerró, me tomó de la cintura y me empujó contra la pared.
Su boca encontró la mía antes de que pudiera hablar. El beso fue urgente, profundo, caliente. Como si se hubiera estado guardando desde siempre. Sus manos me recorrían con desesperación, como si necesitara tocarme para comprobar que era real.
Mi espalda contra la pared, su cuerpo apretado contra el mío, el calor entre los dos era insoportable. Sus labios bajaban por mi cuello, su respiración agitada me quemaba la piel.
-Dimitri... -murmuré, pero él no frenó al principio. Me besó el cuello, bajó por mi clavícula, me apretó más contra la pared. Mi respiración se volvió errática.
Y yo tampoco lo hice.
Lo besé de vuelta, con la misma necesidad, con esa mezcla de deseo, confusión y dolor que me tenía desbordada. Su mano subió por debajo de mi remera, rozando mi piel, mi cintura, mis costillas. Me estremecí.
-No puedo -dije al fin, con voz quebrada, apoyando las manos contra su pecho, tratando de poner distancia.
Se detuvo. Me miró, la respiración descontrolada.
-¿Por qué? -susurró, su voz áspera, con una mezcla de bronca y desesperación.
Y entonces sonó mi celular.
Me congelé.
Lo saqué del bolsillo. En la pantalla: "Gabriel♥️"
...
(Continúa dentro del libro)