Las hojas que anuncian la llegada del otoño caen a sus pies, crujen con cada paso lento que da. Se toma su tiempo, mirando a sus alrededores, observa como el verde de las hojas se disipa y se secan. Saborea el aire gélido, mientras la niebla no lo rodea, lo abraza, como si reconociera a uno de los suyos.
Su mirada, afilada y clínica, se clava en el letrero desgastado que emerge de la bruma, una bienvenida oxidada a un lugar olvidado por el tiempo.
-Willow Creek -susurra.
Una sonrisa macabra se dibuja en sus labios. Cada plan es repasado en su mente, se imagina el dolor de cada persona, en las verdades que saldrán a la luz, pero sobre todo, en como podrá tener su venganza que tanto ha anhelado.
La piel se le eriza, no por el frío, sino por la euforia eléctrica de la cacería inminente.
Está a punto de cruzar el umbral de un pueblo que presume de rectitud, de temor a Dios y de moral intachable, pero él sabe; mejor que nadie, que la fe es el disfraz favorito del pecado.
Irgue la espalda y coloca sobre su rostro esa máscara de amabilidad ensayada. Su sombra se estira sobre el asfalto, densa y oscura, mientras su respiración se vuelve pesada. El nerviosismo que siente no es miedo, es hambre. De nuevo será el verdugo. Será la oscuridad disfrazada de salvación. Sus manos volverán a teñirse de ese carmesí caliente y viscoso. Ha venido a demostrar que un monstruo reconoce a otro con facilidad, y en este pequeño pueblo, donde todos dicen ser santos, la verdad es que "nada es lo que parece".
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