Tsukishima Kei nunca entendió qué hacía Kira en el club de voleibol: caótica, ruidosa y desbordante, era todo lo que él evitaba. Le irritaba su entusiasmo, su torpeza y esos ojos marrones que parecían reírse de todo.
Odiaba cómo su voz rompía el silencio y cómo su energía desordenaba su mundo perfectamente controlado. Pero, con el tiempo, descubrió que lo que más le molestaba no era ella... sino no poder odiarla en absoluto.
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