En el pequeño rincón de la ciudad donde el tiempo parecía detenerse, la amistad entre Alex y Dorian florecía como un jardín secreto, lleno de risas, complicidad y momentos compartidos. Pero detrás de cada sonrisa había una sombra de duda, un temor silencioso que los mantenía a la distancia. Ambos se aferraban a la etiqueta de la heterosexualidad, como si fuera un escudo contra lo desconocido. Sin embargo, conforme el sol se ponía en el horizonte y las estrellas se alzaban en el cielo nocturno, comenzaban a darse cuenta de que tal vez, lo único que temían era aceptar lo que sus corazones ya sabían: que su conexión trascendía las barreras de la amistad, y que el amor no siempre sigue las reglas que la sociedad impone.
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