Sentí que mi vida pasó por mis ojos. Estaba a punto de morir, me perseguían. No sabía quién era… o quiénes. ¿Qué querían de mí? No podía detenerme, si lo hacía sería mi fin. No tenía buena condición física, maldije mentalmente por no haberle hecho caso a Adrien cuando me dijo que me pusiera a hacer algún deporte. Me sentía pesada y lenta, necesitaba correr más rápido y mis piernas no daban para más. Una… dos… tres respiraciones más, estaba exhausta, llena de barro, con sangre escurriendo por mis mejillas, mis piernas y brazos donde las ramas de los árboles me arañaron, comenzaba a sentir dolor en la planta de mis pies, no tenía zapatos, no tuve tiempo de ponérmelos. Era sofocante, comencé a ver borroso y no me había dado cuenta de que me detuve por completo. ¡Corre! Me gritaba, pero mi cuerpo ya no respondía. Escuché detrás de mi una risa que me hizo recordar demasiado tarde qué era lo que estaba haciendo, claro, huyendo, de él… ¿o era ella? No pude voltear, di cuatro pasos más y caí, comencé a rodar, golpeándome con rocas y arbustos. Está bien, pensé. Quien me perseguía tardará en bajar hasta acá y mi caída no durará mucho, hay un pequeño lago abajo. Mi caída se detendrá pero no tendré fuerzas para nadar, si las plantas del lago se me enredaban en las piernas me ahogaría, aún sin las plantas, ya no tenía fuerzas. ¿A qué hora termina la caída?
La noche empezó como una simple apuesta entre colegas. Un grupo de cirujanos, extenuados por la rutina del hospital y en busca de algo que los sacara de la monotonía, decidieron jugar al Juego de las Llaves . Todo era emoción y nervios entre copas, hasta que la suerte jugó una mala pasada.
Cuando llegó el momento de emparejarse, los rostros se llenaron de confusión: por un error.