Lágrimas de Lobo, Sangre de Ángel.
Hay líneas que jamás deben ser cruzadas, y en el abismo del cielo, un Serafín estaba a punto de desafiar todas. Las promesas de alas, alabanzas y felicidad celestial se desvanecieron ante un anhelo inexplicable que crecía con cada mirada dirigida hacia la Tierra. Su resplandor se tornó oscuro, su mente, antes pura, se llenó de pensamientos impuros.
Abajo, ajeno al desorden cósmico, un pequeño Omega de una manada de lobos sentía la mirada persistente y aterradora de lo desconocido. Tenía cuatro años, y su existencia marcó el punto de no retorno para lo divino.
El Serafín, sabiendo que jugaba con fuego, tomó su decisión. Un simple beso resonaría como un choque en el cielo y la tierra.
»Están a punto de aprender que las reglas están hechas y si ser un caído. Un repudiado en el cielo entonces, que así fuera.«
La elección sacudió los cimientos de ambos mundos. La sangre de un ser divino pronto mancharía la tierra por el derecho de demostrar que nada importa, y que todos son iguales bajo el sello de la muerte. Y por ese mismo precio, las lágrimas de un lobo, pequeño e inocente, estremecerían la gloria del cielo. La guerra entre lo celestial y lo terrenal había comenzado.