Hinata Shoyo tenía una vida simple.
Entrenar voleibol, comer, dormir, repetir. Esa era su fórmula, su religión, su razón de ser. A los veinte años, recién aterrizado en Brasil con dos maletas y un portugués que sonaba a japonés con resaca, no esperaba que nada ni nadie pudiera desviarlo de su camino.
Pero el universo, se sabe, tiene un sentido del humor retorcido.
Julieta.
Mesera en el Sabor Carioca, un pequeño restaurante escondido en Botafogo. Morena, de piel cálida como la arena de Copacabana, cabello negro enredado, cintura pequeña y un carácter que podía partirte el alma o defenderte de quien se atreviera a lastimarte.
Hinata Shoyo había llegado a Brasil para perseguir un sueño.
Lo que no sabía era que ese sueño, de repente, tenía cara de mujer.
Y ojos de tormenta.
Y una forma de caminar que lo hacía olvidar hasta su propio nombre.
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