Hay encuentros capaces de cambiar una vida entera sin previo aviso. Este fue uno de ellos.
Él acababa de salir del entrenamiento de voleibol. Ella terminaba otro largo ensayo con el club de artes escénicas. Sus mundos eran distintos y sus caminos no tenían por qué cruzarse.
Y, sin embargo, lo hicieron.
En un pasillo de la preparatoria chocaron por accidente. Apenas hubo tiempo para una disculpa apresurada antes de que ambos continuaran su camino. Lo que ninguno notó fue que algo importante cayó al suelo durante el impacto.
Fue él quien lo encontró después.
Quiso devolverlo de inmediato, pero había un problema: no sabía quién era ella. Ni su nombre, ni su salón, ni siquiera si volvería a verla.
Pero el destino parecía tener otros planes.
De pronto, comenzó a encontrarla en todas partes. En los pasillos, entre clases, al salir de sus clubes o en la cafetería. Y cuanto más la veía, más difícil era ignorarla.
Ella también empezó a notarlo.
Primero fueron simples miradas. Luego sonrisas tímidas y pequeños gestos de reconocimiento. Ninguno tenía el valor de iniciar una conversación, así que sus amigos terminaron haciendo el trabajo por ellos.
Entre encuentros inesperados, bromas y conversaciones que siempre duraban más de lo planeado, fueron descubriendo que tenían más cosas en común de las que imaginaban.
Y sin darse cuenta, las coincidencias dejaron de parecer casualidades.
Porque hay historias de amor que no comienzan con una confesión ni con un beso.
A veces comienzan con un objeto perdido, dos corazones demasiado tímidos para dar el primer paso y un encuentro que estaba destinado a suceder.
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