Nunca se sabe cuál es la hora exacta en la que empieza el amor.
Ni siquiera cuándo llegará el tiempo para llenarlo todo de desamor.
Que es, en última instancia, manchar toda la piel con un olvido.
Pero todo llega. Y quien fue todos tus sueños, acaba siendo cada uno de tus insomnios. El beso que supo a fuego, ahora sabe a ceniza en otros labios. La boca que fue casa, se empieza a llamar historia. Y el cuerpo se confunde, otra noche, en una cama de hotel.
Echar de menos pasa a ser un ejercicio diario de suspiros. Una soledad impertinente, tal vez, haga acto de presencia a las doce en punto. Y se tumbará en tu cama para susurrarte un nombre al oído. El suyo, claro. Entonces el juego será morir o matar. La madrugada pasa a ser la mejor aliada de un "ven" que nunca dices y que te ahoga tanto como un libro sin comas.
Avanzas en la noche como si fueras la presa de alguien que está lejos. Y, lo peor de todo, es que darías todos tus poemas por una mordida más. Pero no hay nada. Tan solo una Luna que brilla y que no alcanzas a ver desde tu almohada, pues el único brazo que te acaricia es el de la oscuridad.
Hasta que llega la poesía y te salva.
Y, entonces, tu jornada nocturna encuentra el despertar en la sonrisa de un amanecer, en el primer rayo de una mirada, en la caricia de unos párpados. Y el ciclo vuelve a repetirse.
De eso trata este libro: de una cascada de emociones que, de tanto caerse, ha aprendido a sentir hacia arriba.
- Miguel Gane
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