En el combustible ardiendo de la Fórmula 1, Lando y Carlos trazaron una línea que iba mucho más allá de la amistad. Ahora que Carlos viste de rojo Ferrari y comparte las risas con otro, Lando arde en un celo tan irracional como magnético. Sabe que no tiene derecho a reclamar ese espacio, pero ver al Español tan cerca de alguien más es una tortura. Mientras Lando lucha por entender por qué lo reemplazaron, Carlos lucha por mantener la distancia que él mismo creó, sabiendo que la única forma de sobrevivir a esa química es evitando la colisión. En un deporte donde cada segundo cuenta, la brecha entre el compañero de equipo y el deseo se vuelve insalvable.
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