









las nubes... ¿quién no ha soñado con danzar entre sus etéreas formas o fundirse con su albo abrazo? Desde que mi corazón se prendó de su celestial belleza, mis ojos se han convertido en fieles peregrinos de su viaje celeste. ¡Qué maravilla contemplar sus caprichosas siluetas, sus fugaces y divertidas metamorfosis! Pero la verdadera magia, el néctar que embriaga esta contemplación, reside en la compañía. Jasper... su nombre evoca la tersura de una piedra preciosa. Nuestro encuentro fortuito en el campamento de verano fue como un inesperado rayo de sol tras la tormenta. Jamás imaginé que otro ser humano pudiera profesar un amor tan profundo y silencioso por esas viajeras del cielo hasta que sus ojos se cruzaron con los míos, revelando un universo compartido en cada volátil forma que surcaba el azul. Ahora, cada nube se convierte en un verso de nuestra historia, un suspiro compartido bajo la inmensidad del firmamento.
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