Se abre la cantina y de ella emerge Ryo, que de aventuras sabe tanto como de falta de ataduras. Un viajero digno de contarse en libros, de pasar de generación en generación (si es que llega a alguna). Porque si esta historia empezara en algún lado, empezaría justo ahí, en esa cantina, donde una cosa llevó a la otra y, miren nada más, el pobre solo alcanzó a tomarse un par de cervezas antes de salir corriendo de ahí junto a un... príncipe prófugo. Acompáñenlo. Veamos si sobrevive para contarles estas hazañas a sus nietos (si es que llega a tenerlos, claro).
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