Sendero de espinas
Corrí hasta que mis pulmones ardieron y mis piernas comenzaron a fallar, sin saber ya si huía del bosque o del reino que había intentado matarme.
Las espinas atravesaban mis pies descalzos y cada paso era peor que el anterior, como si la tierra misma intentara cerrarse sobre mí.
Mi respiración se rompía en el pecho, irregular, y aun así no podía detenerme. Solo sabía que si me detenía, no volvería a levantarme.
Entonces la escuché.
Una risa rasgada, profunda, como si viniera de todas partes al mismo tiempo.
Me obligó a frenar en seco, el cuerpo temblándome mientras giraba hacia la oscuridad.
-¿Quién eres?- grité con la voz quebrada.
Silencio.
Por un instante pensé que mi mente me estaba jugando una crueldad, hasta que una respiración podrida se deslizó junto a mi oído.
-Sigue corriendo, princesa.