El fin del mundo no llegó con fuego, sino con la codicia y la ignorancia humana. La humanidad se destruyó a sí misma, devastó la tierra, extinguió la flora y la fauna, y fue abandonada por sus dioses.
Quienes respondieron a su súplica no fueron ángeles, sino demonios: seres que conocían el hambre, la pérdida y las ruinas.
Los demonios ofrecieron un pacto para reconstruir el mundo y convivir en paz, creando nuevos ecosistemas para ambas razas. Pero los humanos, cegados por el miedo y la soberbia, los acusaron de ser heraldos del apocalipsis y alzaron sus armas contra ellos. La guerra fue breve.
Tras la victoria, los demonios preservaron a los humanos en granjas, despojados de armas, y cumplieron su promesa: regeneraron la tierra, devolvieron la vida extinta y fusionaron especies, creando una nueva raza híbrida. Algunos conservaron rasgos humanos; otros desarrollaron colas, cuernos y alas.
Los ángeles, celosos de esta reconstrucción, reclamaron el mérito ante la deidad suprema, desatando la guerra de cielo y tierra.
Para enfrentarla, los demonios crearon a los Draviens: híbridos indestructibles, despiadados y nacidos para una guerra sin fin.
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