Alexandra tenía una vida sencilla, predecible, lejos de los secretos y las emociones que desordenan el alma. Pero todo se rompe el día en que debe mudarse a otra ciudad para vivir con su padre, sin imaginar que ese cambio la llevaría directo al mayor conflicto de su vida.
Una nueva casa.
Una madrastra.
Y un hermanastro que es puro hielo.
Jugador de hockey, arrogante, distante y con una mirada capaz de congelar cualquier sentimiento, él vive rodeado de admiradoras, pero sin permitir que ninguna cruce la barrera que protege su corazón. A Alexandra la ignora... o al menos eso intenta.
La convivencia es una prueba constante. Las miradas se cargan de tensión, los silencios pesan demasiado y lo que no debería sentirse comienza a arder bajo la piel. Atrapada entre la culpa y el deseo, Alexandra se acerca cada vez más a él, sin darse cuenta de que está tocando un terreno peligroso.
Porque ella no debía importarle.
Y él nunca debió mirarla así.
Poco a poco, Alexandra empieza a derribar los muros que él construyó durante años, derritiendo ese corazón de hielo que juró no amar jamás.
El problema no era amar al chico equivocado...
era amar al que estaba prohibido.
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