Dentro del cuerpo humano habita una bestia indomable, forjada por el caos y alimentada por la furia. No tiene rostro fijo, solo un contorno cambiante de garras, sombra y fuego. Su corazón arde con una llama eterna: un fuego que no consume, pero que exige poder, venganza y libertad. Se oculta en las profundidades del alma, dormida en apariencia, pero despierta en los sueños y en los momentos en que la amenaza es real. No distingue entre enemigo y obstáculo; solo sabe que debe romper cadenas. Es fuerza cruda, puro instinto... la versión más salvaje de uno mismo. No se le puede domar. Solo hacer un pacto: dejarla rugir cuando la vida lo exija.
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