El apellido Jeon y la fortuna familiar exigían un heredero; un lazo de sangre inquebrantable destinado a blindar un imperio. Bajo esa implacable promesa, JiMin y Jungkook terminaron encadenados en un matrimonio que ninguno deseaba. Pero detrás del lujo, el oro y las apariencias perfectas, la realidad en la mansión Jeon era oscura: JiMin, el hombre obligado a liderar y proteger aquel hogar, jamás logró sentir un ápice de afecto por el joven que ahora llevaba su apellido. Para JiMin, Jungkook no era un compañero, sino el símbolo viviente de su propia falta de libertad. Cada reclamo de Jungkook por sus ausencias, cada reproche por la infelicidad de ambos, se convertía en una presión asfixiante. Él, que debía ser el pilar del hogar, terminó transformándose en su propio verdugo. La frustración acumulada comenzó a estallar en ataques de ira incontrolables, una fuerza destructiva que JiMin descargaba con crueldad sobre un Jungkook incapaz de defenderse. La tragedia, sin embargo, no discriminó jerarquías. En medio de un último y desesperado episodio de violencia, el frágil hilo que los unía se rompió de la forma más devastadora: perdieron a su bebé. Aquella pequeña vida que Jungkook albergaba como una promesa de redención, se extinguió bajo el peso de las sombras de JiMin. Ahora, las paredes de la mansión guardan un silencio más pesado que cualquier grito. Queda en el aire la duda de si Jungkook, tras haber sido el receptor de tanto dolor, podrá algún día perdonar al hombre que lo destruyó. Y, sobre todo, si JiMin logrará vivir con la culpa de haber apagado la única luz que podría haberlo salvado de sí mismo
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