El cielo, una vez de un azul radiante, ahora se había convertido en un lienzo gris, desgastado por el tiempo y el descontento. Las ciudades, que solían ser símbolo de progreso humano, se limitaban a sombras de lo que fueron. Edificios incompletos se alzaban como monumentos de la locura, y las calles, antes llenas de vida, ahora eran corredores del silencio, interrumpidos solo por el susurro de la brisa que barría entre los escombros.
No había criaturas acechando en las sombras. No había monstruos ni hordas de zombies. Fue el mismo ser humano el que se convirtió en el verdadero enemigo. Nadie sabía cuándo comenzó, cuándo la delgada línea entre la razón y la locura se desvaneció. En un instante, las palabras de amor y esperanza se transformaron en gritos de rabia y desesperación.
Los que quedaron aprendieron a vivir con el miedo constante. Algunos se refugiaron en grupos, creando nuevas normas en un mundo donde la locura reinante no perdonaba a nadie. Otros vagaban solos, luchando contra las voces en sus cabezas y el eco de los recuerdos de días más sencillos. Algunos creían que había una cura, un elixir oculto en las ruinas de un laboratorio olvidado, un lugar que podría devolverles lo que habían perdido. Pero otros, bien conscientes de la fragilidad de la cordura, sabían que estaban atrapados en una pesadilla de la que no podían despertar.
Así empezó todo. Un mundo donde la locura era contagiosa, y el sentido del principio y el fin era solo un recuerdo distante. Aquellos que sobrevivieron navegaban por un laberinto de desesperación y esperanza, aferrándose a la delgada ilusión de que aún había algo por lo que luchar.
En esta nueva realidad, la locura no solo era una sombra; era una compañera constante, un recordatorio de que, aunque el mundo se había deshecho, lo más aterrador aún estaba por venir.
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