Damian nació en el poder, pero no en la libertad.
Fue criado para gobernar, para decidir, para no dudar; para sostener un mundo que nunca le perteneció del todo. Aprendió desde joven que el control no era una herramienta, sino una necesidad.
Y durante años, lo tuvo todo bajo control.
Hasta que la conoció a ella.
Anya no encajaba en su mundo. No seguía reglas, no respondía a lógica, no se dejaba contener. Y aún así -o quizá por eso- se convirtió en lo único que Damian no pudo manejar.
Por primera vez, amar no fue sencillo.
Fue insistir, fue caer, fue cruzar límites que jamás pensó tocar.
Y luego vino la pérdida.
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