Me pagaron por acostarme con él. Yo no quería, pero eso nunca fue relevante. Cuando el dinero habla, la moral se vuelve flexible y el "no" pierde peso. Después dijeron que fue un acuerdo. Que nadie me obligó. Que si acepté el dinero, acepté todo lo demás. Él pensó que lo engañé. Me dejó con ellos. Y entendí que la traición no siempre grita; a veces sonríe, firma papeles y te da la espalda mientras te desarman pieza por pieza. No soy un héroe. Los héroes necesitan pureza, y yo nunca tuve ese lujo. Soy adicto cuando el silencio se vuelve demasiado ruidoso. Soy manipulador porque aprendí que el control es lo único que evita que vuelvan a arrastrarte. Soy leal, sí, pero solo con quienes demuestran que pueden sostener mi oscuridad sin intentar domesticarla. El resto me resulta irrelevante. No me interesa que me salven. No creo en redenciones limpias ni en amores que todo lo curan. Creo en el poder. En la estrategia. En leer a las personas antes de que abran la boca. Creo en destruir primero si percibo la mínima amenaza. Cuando has sido mercancía, aprendes rápido que el apego es una debilidad y que la compasión mal administrada puede costarte caro. Esta es una historia incómoda. De amor que no suaviza, sino que hiere. De cicatrices que no se exhiben porque mostrar vulnerabilidad es conceder ventaja. De una mente que fue moldeada por la oscuridad y decidió convertirla en arma en lugar de tumba. No todos quieren ser salvados. Algunos preferimos entender exactamente en qué nos convertimos... y usarlo a nuestro favor. Si buscas un príncipe, este no es tu libro. Si buscas verdad, incluso cuando incomoda, entonces adelante.
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